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El mundo experimenta una explosión de las redes que roban, compran y esclavizan a niñas y mujeres; las mismas fuerzas que en teoría habrían de erradicar la esclavitud la han potenciado a una escala sin precedentes.

Estamos presenciando el desarrollo de una cultura de normalización del robo, compraventa y corrupción de niñas y adolescentes en todo el planeta, que tiene como finalidad convertirlas en objetos sexuales de renta y venta.

En Myanmar Birmania , miembros del Ejército han creado campos de esclavas sexuales secuestrando a cientos de niñas y adolescentes. Cada año 1,39 millones de personas en todo el mundo, en su gran mayoría mujeres y niñas, son sometidas a la esclavitud sexual. Durante cinco años, mi tarea fue rastrear las operaciones de las pequeñas y grandes mafias internacionales a través de los testimonios de supervivientes de la explotación sexual comercial.

Mi investigación sigue la pista concreta de un fenómeno criminal que nació en el siglo XX: En Camboya, Tailandia, Myanmar y Asia Central me vi obligada a emplear distintas estrategias para evitar el peligro. Enfrenté enormes frustraciones, como cuando tuve que salir corriendo de un casino camboyano operado por una tríada china en el que se efectuaba la compraventa de niñas menores de diez años. Siguiendo sus métodos de trabajo, en mi viaje desde México hasta Asia Central me disfracé y asumí personalidades falsas.

Y otras, como Suecia, que han penalizado el consumo de sexo comercial y protegido legalmente a las mujeres que son víctimas de la esclavitud sexual comercial. Al aterrizar en Estambul es de noche y pierdo el aliento ante la belleza del cielo estrellado con pinceladas violetas. En un taxi rumbo al hotel, bajo la ventanilla y los olores de la ciudad se revelan ante mí: Cada ciudad tiene un aroma que la distingue.

El taxista, orgulloso de su patria, elige darme un paseo. Aquí todo es bueno", me asegura, "convivimos musulmanes, judíos, cristianos, agnósticos, protestantes. Aquí todo el mundo es respetado y bienvenido". Sonrío y pienso en los informes de PEN International? Pero guardo silencio, sé que el mundo no es blanco y negro y que todos los países, como las personas que los habitan, son diversos, complejos y magníficos a la vez. La hermosura de los ojos del joven maletero que me recibe en el hotel y la dulce voz de una recepcionista que habla un perfecto inglés hacen que me sienta bienvenida.

Imagino que algunas de las Espero frente a la barra de un bar a mi contacto. Al poco tiempo, un hombre alto, atractivo, de tez morena clara, cabello al rape, cejas pobladas y chamarra de cuero se detiene a mi lado. En un francés titubeante masculla que allí no podemos hablar: Saco de mi bolso una tarjeta de mi hotel y se la entrego. Paga el trago sin haberlo probado, sale del bar y se sube al tranvía mirando a los lados. Fue entrenado por el equipo de la Organización Internacional para las Migraciones OIM para el grupo especial contra la trata de personas en Turquía.

El Departamento de Estado estadounidense ha invertido aquí siete millones de dólares para luchar contra la trata, y la cooperación noruega otro tanto. Mahmut es un turco laico, un tipo culto. Él cree que la lucha contra la explotación sexual de mujeres en Turquía y en la Ruta de la Seda es una gran farsa.

Por ello, después de meses de negociaciones con contactos, decidió hablar conmigo. Espero en el pequeño hotel boutique bebiendo un perfumado café turco. Me siento en el bar. Es un lugar elegante con aire palaciego. El policía entra y el joven de la recepción apenas lo mira. Lo invito a sentarse, mira a su alrededor y en voz muy baja me dice: Pedimos una jarra grande de un exquisito té perfumado con cardamomo.

Le digo que podemos subir a mi cuarto y acepta. La habitación es pequeña, pero tiene un sillón y una silla; le ofrezco el primero. Poco a poco se va soltando, me pregunta qué sé de la corrupción turca, de la trata de mujeres. Él pone atención a cada palabra. De pronto pide permiso para quitarse la chamarra, asiento con la cabeza y mi vista se congela ante la presencia de un arma colocada en la sobaquera de policía.

Pierdo el hilo de mis ideas durante algunos segundos. Con el bolígrafo en la mano y la libreta sobre mis piernas, pienso que estoy en Turquía, en una habitación de hotel, con un hombre armado, y sólo él y yo lo sabemos. Intuye mi ansiedad y comienza a hablar de su esposa y de las mujeres admirables que ha conocido en la OIM.

Hacemos un silente acuerdo de confianza, ese pacto sin el cual las y los reporteros no podríamos subsistir. Consideran que son los norteamericanos y algunos europeos nórdicos quienes la llaman 'esclavitud sexual', pero eso es problema de otros, no nuestro. Todo es cuestión de enfoques, madame. Por ejemplo, una gran cantidad de noruegos y suecos vienen a Turquía por el turismo sexual.

En su país no lo hacen, y aquí sí porque es legal y nadie los reconoce". Esta observación da en el clavo del debate mundial que plantean los abolicionistas. Siempre ha sucedido; la diferencia es que ahora que los países que se dicen civilizados han decidido combatir este crimen, se ha convertido en un negocio mejor para todos: Nadie habla de eso.

En comparación, las autoridades turcas reconocen oficialmente que, entre y , se identificaron como víctimas de la trata sólo a personas.

Por desgracia, hay quienes explotan niñas. Hemos encontrado mujeres de 16 años que trajeron a los 14; estaban en burdeles con papeles falsos y el Gobierno miró para otro lado.

Cuando los tratantes se cansan de las muchachas, simplemente llaman a la policía y las entregan. Cuando se hacen redadas, es curioso que no aparezcan los explotadores para ser arrestados. Muchas jóvenes tienen papeles auténticos pero ilegales. El policía se refiere a lo que he descubierto en todo el mundo: Mi entrevistado evoca las complejidades de detectar a una esclava sexual cuando los papeles son legales: El policía asiente a las cifras que le ofrezco.

Reitera que la del sexo es percibida como una industria y no como una actividad delictiva. Las propias cifras del Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía son elocuentes: La OIM logró convencer al Gobierno turco de implementar una línea telefónica para denuncias. Desde que se inauguró, el 23 de mayo de , hasta principios de , fueron rescatadas víctimas.

Sin embargo, las cifras no son tan optimistas cuando logro hablar con algunas jóvenes de Moldavia y Croacia, quienes me aseguran que la repatriación es una farsa, que se trata de una vulgar deportación de mujeres que ya han estado demasiado tiempo en el negocio. Eran las nueve de la noche. Caminaba por el barrio de Ginza. Sabía lo que buscaba. De pronto vi salir a tres jóvenes geishas de un callejón; me acerqué.

Tras ellas salieron dos hombres con traje negro por una puerta sin señalizar que era vigilada por un guardaespaldas. Decidí filmar la escena, y de inmediato el vigilante se dirigió a mí con un tono iracundo. Le dije que era una turista que estaba filmando mi viaje. Le pregunté en inglés poniendo cara de ingenua: Él me tomó del brazo, me llevó hacia la avenida y me dijo que me largara de allí. Caminé dos manzanas y entré en un pequeño restaurante para revisar mi material, comer algo y recuperar el aliento.

La llamaban a otra mesa y seguía departiendo con los distinguidos clientes.

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Mi investigación sigue la pista concreta de un fenómeno criminal que nació en el siglo XX: En Camboya, Tailandia, Myanmar y Asia Central me vi obligada a emplear distintas estrategias para evitar el peligro. Enfrenté enormes frustraciones, como cuando tuve que salir corriendo de un casino camboyano operado por una tríada china en el que se efectuaba la compraventa de niñas menores de diez años.

Siguiendo sus métodos de trabajo, en mi viaje desde México hasta Asia Central me disfracé y asumí personalidades falsas. Y otras, como Suecia, que han penalizado el consumo de sexo comercial y protegido legalmente a las mujeres que son víctimas de la esclavitud sexual comercial. Al aterrizar en Estambul es de noche y pierdo el aliento ante la belleza del cielo estrellado con pinceladas violetas. En un taxi rumbo al hotel, bajo la ventanilla y los olores de la ciudad se revelan ante mí: Cada ciudad tiene un aroma que la distingue.

El taxista, orgulloso de su patria, elige darme un paseo. Aquí todo es bueno", me asegura, "convivimos musulmanes, judíos, cristianos, agnósticos, protestantes. Aquí todo el mundo es respetado y bienvenido". Sonrío y pienso en los informes de PEN International? Pero guardo silencio, sé que el mundo no es blanco y negro y que todos los países, como las personas que los habitan, son diversos, complejos y magníficos a la vez. La hermosura de los ojos del joven maletero que me recibe en el hotel y la dulce voz de una recepcionista que habla un perfecto inglés hacen que me sienta bienvenida.

Imagino que algunas de las Espero frente a la barra de un bar a mi contacto. Al poco tiempo, un hombre alto, atractivo, de tez morena clara, cabello al rape, cejas pobladas y chamarra de cuero se detiene a mi lado.

En un francés titubeante masculla que allí no podemos hablar: Saco de mi bolso una tarjeta de mi hotel y se la entrego. Paga el trago sin haberlo probado, sale del bar y se sube al tranvía mirando a los lados. Fue entrenado por el equipo de la Organización Internacional para las Migraciones OIM para el grupo especial contra la trata de personas en Turquía. El Departamento de Estado estadounidense ha invertido aquí siete millones de dólares para luchar contra la trata, y la cooperación noruega otro tanto.

Mahmut es un turco laico, un tipo culto. Él cree que la lucha contra la explotación sexual de mujeres en Turquía y en la Ruta de la Seda es una gran farsa. Por ello, después de meses de negociaciones con contactos, decidió hablar conmigo.

Espero en el pequeño hotel boutique bebiendo un perfumado café turco. Me siento en el bar. Es un lugar elegante con aire palaciego. El policía entra y el joven de la recepción apenas lo mira.

Lo invito a sentarse, mira a su alrededor y en voz muy baja me dice: Pedimos una jarra grande de un exquisito té perfumado con cardamomo. Le digo que podemos subir a mi cuarto y acepta.

La habitación es pequeña, pero tiene un sillón y una silla; le ofrezco el primero. Poco a poco se va soltando, me pregunta qué sé de la corrupción turca, de la trata de mujeres. Él pone atención a cada palabra. De pronto pide permiso para quitarse la chamarra, asiento con la cabeza y mi vista se congela ante la presencia de un arma colocada en la sobaquera de policía. Pierdo el hilo de mis ideas durante algunos segundos. Con el bolígrafo en la mano y la libreta sobre mis piernas, pienso que estoy en Turquía, en una habitación de hotel, con un hombre armado, y sólo él y yo lo sabemos.

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Así pues, Aung vino a recibirnos a la guesthouse y nos introdujo un poco en el nuevo mundillo en el que nos adentramos. Por desgracia, hay quienes explotan niñas. Prostitutas callejeras porno prostitutas birmania Me da la impresión de que en pocos años esta ciudad va a ser como Bangkok.

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